martes, febrero 22, 2005

El hombre que pudo reinar

Querido papá:

(Sí, ya sé que no te llamaba “papá” desde los 12 años. También dejé de darte un beso de buenas noches, como hacían mis hermanos, y te daba la mano. Prefiero no pensar qué sacaría Freud de todo esto. A ti te hacía gracia: las rarezas de Carlos. Pero volví a llamarte “papá” al final, cuando quizá ya no podías oírme).

La semana pasada me encontré por la calle a uno de tus viejos amigos y, por enésima vez, tuve que escuchar el habitual “¡cómo te pareces a tu padre!”, y volví a tener esa incómoda sensación, mezcla de orgullo y de vergüenza. Desvío rápidamente la conversación, sintiéndome un usurpador que te hubiera robado los rasgos físicos para encubrir una personalidad muy distinta.
Al menos, siempre lo había sentido así. Ahora, ya no lo tengo tan claro. Has tenido que morirte para ver ese parecido en mil detalles, pequeños y no tan pequeños, que no tienen nada que ver con lo físico.

Ayudé a Javi a ordenar tus cosas del despacho, entré en tu ordenador. Con lo metódico que siempre has sido y con un año para preparar tu muerte, pensé que lo encontraría todo cerrado, acabado, listo. Por eso me emocionó encontrar tantas cosas tuyas a medias, como si la muerte fuera una llamada telefónica que te obligara a dejarlo todo a la mitad, con la esperanza de volver a acabarlo.

Me gustó. Te vi más cercano que nunca en nuestras vidas. Vi la señal en el libro sobre Isabel II por la página 23: lo acababas de empezar. Vi a medias una de tus interminables partidas en el juego de simulación del PC. Me sorprendió el esquema de unas monumentales novelas sobre la Colonización de América que esperabas escribir (¿cuándo?), un esquema casi idéntico a los que yo he usado mil veces. Me atreví a entrar en las tripas más íntimas de tu PC, en tus oraciones (¿quién más podría desnudar su alma ante Dios en formato .doc?). Era como leer a un niño; a un niño minucioso, pero sin la menor nota de disimulo o autojustificación.

Nunca te dije. Supongo que es una experiencia común, no haber podido decir al muerto todo lo que uno quiso, pero eso no me consuela. Yo no era Juanchi, el mayor, el que hizo tu misma carrera, con el que tan bien te entendías; tampoco Javi, el pequeño, el encantador, que trabajó contigo los últimos años. Yo estaba en medio y tenía la sensación PERMANENTE de defraudarte.

Sería injusto decir que fuiste un padre distante. Simplemente, eran otros tiempos, somos cinco hijos, no eras muy niñero y te pasabas el día trabajando. Pero te reconozco que he envidiado a mis hijos cuando los veía contigo, tan abuelo, tan tierno, tan interesado en sus pequeñas cosas.
Papa, ¿sabes cuál fue el día más feliz de mi infancia/adolescencia? Tenía doce años. Era verano. Mamá y los otros estaban fuera, de veraneo. Yo había suspendido y me quedaba en Madrid contigo, que estabas trabajando. Una tarde llegaste y me propusiste ir al cine. El hombre que pudo reinar. Luego nos fuimos a cenar fuera. Era la primera, la única vez que te tuve para mí solo, haciendo algo que nos gustaba a los dos.

Luego hemos hablado mil veces, durante horas, de todo lo divino y de lo humano, en esas ruidosas discusiones que mamá confundía con peleas. Me sonreías cuando me veías llegar, como quien espera a un contrincante para la eterna partida de ajedrez.

Pero, tanto que hablamos y me olvidé decirte todo eso para lo que siempre pensamos que aun queda tiempo, que siempre queda tiempo. Cómo he querido siempre que te sintieras orgulloso de mí, oírte decir: “lo has hecho bien, hijo”.

Y te lo dije todo de golpe, a borbotones, acallando tu respiración agonizante y rápida, mirando un cuerpo tan pequeño, tan lejano de la imponente figura de mi padre. Tú sólo pudiste apretarme débilmente la mano.

1 Comments:

Blogger eLOI said...

Te felicito.
Te encontré por casualidad diáfana, y me arropó tu texto.
Te felicito.

7:18 p. m.  

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