miércoles, febrero 16, 2005

¡Oh, el amor!

Enamorarse es muy divertido. No, de verdad: es una experiencia que recomiendo a cualquiera. Es algo así como un colocón bastante agradable y algo más duradero. Pero es un fenómeno más bien frívolo. De hecho, si bajara mañana un marciano con someras nociones de anatomía humana y se le describieran los síntomas de un enamorado, probablemente lo incluiría entre las patologías benignas o entre las intoxicaciones con estupefacientes.

Como digo, el fenómeno está muy bien, es muy de agradecer que exista, y no tendría nada que decir si no fuera porque, de un tiempo a esta parte -digamos, los dos últimos siglos-, se ha venido presentando como una condición sine qua non para la permanencia del matrimonio. Hay por el mundo historias verdaderamente espeluznantes de matrimonios desgraciados, de maridos y mujeres que beben y engañan, de malos tratos y otras tragedias a las que uno no se acercaría sin temblar. Por eso, cuando se oye a un casado alegar como único motivo para desdecirse de sus votos matrimoniales que "se acabó el amor", como si estuviera hablando del depósito de gasolina de su coche, dan ganas de contestar: ¿Y qué tiene que ver eso con tu matrimonio?

Cuando uno se casa, promete entregarse al otro de forma exclusiva y permanente, no estar permanentemente enamorado. Sería absurdo: nadie se hace un vestido especial y carísimo, reúne a un cura y a cientos de invitados para jurar ante Dios y ante los hombres pasárselo siempre bomba. A un enamorado no se le ocurre nada mejor que estar junto al ser amado; ¿para qué, entonces, comprometerse a hacerlo?

El matrimonio es un voto precisamente porque no siempre vamos a estar suspirando al ver a nuestro cónyuge, mucho menos porque el otro o la otra vayan a hacernos felices. Ninguna criatura puede hacernos felices. Tiene sentido comprometerse, más bien, porque -si nuestro matrimonio es normal- vamos a tener ganas de estrangular al otro o a la otra muchas veces. Esa es la promesa heróica.